jueves, 1 de septiembre de 2011

El mundo es tan grande, el mundo es tan chico, es tan abstracto y tan real. No basta golpearte con una piedra en la cabeza ni que te encuentren sumergida en humo de ciudad. A la larga las caras se borran, se estiran, se maquillan. Todos pretenden ser, ser para los demás. Ser para los ojos ajenos, que giran, miran, observan, paralizados. Zumbando. Sedientos de sangre, de angustia, de pantallas que muestren cosas interesantes. Para luego hablar con las demás almas vacías. Para llenarse la boca con aire vendido, comprado, rematado. Se acaban las excusas pero se inventan cuentos, historias, salvavidas que flotan en ese mar de hipocresía. Todos con la mirada fija en el premio más grande, que no se sabe qué es, pero si todos lo quieren, es porque mucho debe valer. Tratan de locos a los espirituales, de importantes a los corruptos, de invisibles a los criminales, de idiotas a la gente común. Denominan gente a la demás gente, tal vez como modo de alienarse de esa masa que se hunde en la decadencia. Para no asumir que nos encontramos todos en el mismo barco, en los mismos zapatos, en la misma caída. Me asusta pensar a dónde va a parar el mundo, si cada una persona con ideales y sueños, hay un millón que se quieren llenar los bolsillos. Donde el oro vale más que la sangre, y la plata más que la dignidad. Donde algunos se bañan con agua mineral mientras que otros toman agua de charco. Es un círculo vicioso. Uno solo no puede cambiar el mundo pero, ¿de qué vale un grano de arena cuando otros pocos mueven montañas?

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