lunes, 27 de julio de 2009



Dijiste que era un día de película mientras tus ojos se tornaban verdes, más verdes que nunca. La luz era tan tenue que acariciaba tu cara y en ella encontré un aliado. Intuí muchas cosas en una sola. No por tu tono de voz, sino por tu mirada. Por un momento olía a despedida, olía a detener el tiempo, ese momento entre estar despierto y dormirse. Con el soplido del fuego como música de fondo y humo de cigarro de telón. No pertenecías a ese lugar, y yo tampoco, eramos simples intrusos en esa escenografía de día triste. Tu presencia también lo era, hasta que pude comprender tu necesidad.
Y si necesitabas volar yo te iba a acompañar, cerrar los ojos y despertarte allá arriba, donde cambiamos por completo y alcanzamos esa palabra que usamos a veces. Y me lleva a pensar la manera en que se le da valor a las cosas. ¿Por qué el oro vale más que la tierra?

Por que el oro no se encuentra en cualquier esquina.

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